El Pueblo Que Fuimos
Isaac Rogel

Platicando - Talking
 

Notes on El ejido de Rutila are here.

 

 

Capítulo Uno
EL EJIDO DE RUTILA

 

Desde las alturas, el ejido de la Joya en el que Rutila había crecido es visión apetecible, expresión de la belleza creada para quien la quiera ver con placer estético, con el deseo de gozar del fruto que se obtiene del sol, sudor y esfuerzo, o con la nariz que husmea en busca de un negocio fácil. Este último era el caso de la pareja formada por el político y el empresario, quienes montados en su libélula gigante sobrevolaban el ejido de Rutila. Las aguas del manantial que surca el manto verde del ejido a lo largo del año, sin faltar un solo día, enviaban a los intrusos una imagen de frescura y de color. Primero, la arboleda que sigue la ribera del arroyo en su viaje por el campo, y más allá los sembrados espigados, las gladiolas, el nardo y las rosas. El conjunto era un regalo a la vista que en mosaico de colores daba cabida al maíz, al frijol, al sorgo y a las plantas más sencillas, como el cilantro, el perejil, el epazote o las verdolagas. Rutila, doblada sobre el surco y azadón en mano, retiraba la hierba común del pie de .de las matas y de la milpa, en el ejido por generaciones cultivado por su familia, campesinos de corazón. Las aspas del helicóptero se hicieron oír otra vez girando en círculos amplios sobre el campo del ejido. No habían dejado de volar en ninguno de los días de esa semana, apareciendo a media mañana para alejarse después de un rato hasta el otro lado de la mancha urbana.

–Ya vienen otra vez.

–Algo traman. Llevan cinco días dando vueltas, como repasando las líneas imaginarias que trazaron el día anterior. ¿No sabrán que el viento se lleva la huella sin huella que a su paso van dejando por el aire?

–Volverán, yo te aseguro.

Eso decía Donaciano, el esposo de Rutila y padre de cinco hijos. Y así fue. Al día siguiente, los intrusos del aire llegaron para hacer lo mismo de los días anteriores, igual que si fuera ésa la primera vez que volaran sobre el ejido. Repetían el mismo camino. Después de dibujar en el aire los círculos acostumbrados, seguían el contorno de la barranca de poniente, para irse al fin siguiendo la fila de árboles que acompañan al arroyo en su eterno rodar de agua de manantial. En ese momento fue cuando Régulo, el Comisario Ejidal de la Joya, se apareció por el ejido. Una sombra de disgusto le velaba el rostro. Bajo el brazo, colgado del hombro, traía el morral con unos rollos largos de papel.

–Buenos días les dé Díos.

–Buenos los tengas tú. Aunque nada más de verte pienso que hoy el sol no ha salido para ti.

–Vino a verme la autoridad. Anoche estuvo en mi casa aquel hombre que se presentó en la asamblea del mes pasado. Recordarás que empezó diciendo que se planeaba la construcción de una escuela y de un campo deportivo que les habían prometido a los de la colonia que da al lado norte del ejido.

–¿Qué quieren ahora? Todos los ejidatarios de la Joya estuvimos de acuerdo en cederles los terrenos que pedían.

Los operadores de las máquinas corrían un cuento. Decían que la empresa en la que trabajaban tenía el encargo de hacer la carretera que comunicaría a la capital del país con el puerto más cercano del mar del Pacífico. Removían rocas, perforaban el terreno llevando grandes cantidades de tierra de un lado para el otro. Nadie se podía imaginar cómo pasarían por ese lugar los motores modernos que a toda velocidad seguirían el camino hacia la playa. Aquello no tenía forma de carretera. Trabajaban sólo en los terrenos limitados por el arroyo.

–Nomás la resolución nos falta, me dicen en la oficina que lleva los asuntos del campo.

–No lo puedo creer. Haz la cuenta, Régulo. ¿Adónde vamos a ir a dar con esta tardanza? Ya son veinticinco años los que llevamos visitando las oficinas del gobierno.

–Mañana vendrá el Señor Gobernador para ver el avance de los trabajos de la carretera. Ahí mismo le vamos a entregar una copia de nuestros papeles. Dicen que ese señor tiene sentimientos de buen amigo.

–¿Te das cuenta? Comenzaron con la construcción de la carretera, pero luego le siguieron con las casas y con unos campos verdes, parejitos como mesas de billar. A mí se me figura que esas casas son para la gente que ya no cabe en la capital.

`–Ten paciencia, Donaciano, y encárgate de juntar a la gente. Que no falte nadie mañana. Tenemos que saludar de buen modo al Señor Gobernador.

Para jugar golf en ese lugar se necesita llegar en coche y entregar una credencial que da derecho a franquear la puerta de entrada. Un desconocido no tiene paso franco. Los dueños de las casas que rodean el campo de golf y la casa club son personas que nada saben del ejido de la Joya o no les interesa. Sus mentes pertenecen a un grupo de gente que viene de otro mundo. Lo que de este lugar aprecian es el clima. Viviendo aquí tienen la pretensión de alejarse de los problemas de la gran ciudad.

-- Me da vergüenza caminar por el arroyo y mirar hacia las casas. Esos señores no viven en ninguna parte. Un día lo pasan aquí, otro, en la capital y al día siguiente en una isla. Es que no saben adonde ir. Se mueven por moverse y siempre están de paso. Esa gente en nada se parece a los árboles que echan raíces, para levantar sus brazos al sol, orgullosos de la vida.

–Mira, Rutila, ya está bueno que te calmes. No sigas pensando en la libélula gigante con aspas de metal que te vino a robar el sueño.

–Es que ya no aguanto. Mira nada más. A mí me da rabia ver que los que cuidan esas casas son los únicos que las habitan, pero ocupan sólo un cuarto detrás de la casa principal; su obligación es la de vigilar a la gente que pasa frente a ellas cuidando de que nadie las mire con ojos de codicia..

–No, Rutila, no pienses más en eso. Te me vas a enfermar.

–Yo no entiendo cómo puedes hablar de esa manera, cuando tú mejor que nadie sabe cuántos años de trabajo dejaron en la Joya tus padres y tus abuelos. Tú mismo me asegurabas una noche, y de esto ya hace mucho tiempo, qué tan bien plantado estabas en este lugar, que si alguien quisiera despojarte de la tierra de tus antepasados, primero tendría que pasar sobre tus huesos.

–Al paso de los años las cosas se van viendo de otro modo. Hoy pienso que nuestros hijos, y el maíz y el frijol que todavía cultivamos me dan tanta energía y tanta alegría para seguir viviendo, que no aspiro a lo que ya no tengo. Los terrenos que perdimos, haz de cuenta que nunca fueron nuestros. Verás que de ese modo, tu corazón descansa y a ti te vuelve el gusto por la vida.

–Para mí, es muy difícil, Donaciano. Déjame decirte que en una cosa sí tienes razón, y es que me estoy sintiendo tan mal que puede
suceder que un día ya no amanezca ni siquiera para darte los buenos días. No me da trabajo creer en lo que tú me dices, lo que se me hace cuesta arriba es poner tus palabras en mi corazón y dormir con ellas.

A deshoras de la noche Régulo tocó a la puerta de la casa de Rutila y Donaciano. Pensando que algo grave había sucedido, se levantaron de prisa para hacer pasar al amigo.

La resolución del gobierno había llegado en un sobre cerrado. Era una carta con sellos oficiales acompañada de un plano. A la luz de una lámpara de petróleo pudieron dar lectura a lo que ya creían perdido. Nueva esperanza brilló en sus ojos. En esa carta los invitaban a hacer un viaje al norte del país, más acá de la frontera con el país vecino, pero yendo hacia el norte. El plano describía una extensión de la tierra de tamaño tal que en hectáreas en nada se parecía a todo el ejido de la Joya. Tan grande era. Sin embargo, pocos fueron los ejidatarios de la Joya que se decidieron a acompañarlos; ni sus propios hijos dieron muestras de alegría por ese viaje.

–Te lo dije, Donaciano, siempre te repetí que nada bueno habríamos de esperar con la pérdida de las mejores tierras del ejido.

–¿Cómo te imaginas que yo iba a saber entonces lo que pasaría con nuestros hijos?

–Es cierto. ¡Como si no fueran hijos de campesinos! La cosa es que ya ninguno de ellos quiere trabajar la tierra. Le han perdido el amor al campo. Apenas crecen, ya sueñan con ser conductores de autobuses para correr por las calles de la ciudad transportando gente.

–Piensa mejor en lo que podemos hacer para que ellos no vayan a perder la tierra que todavía les pertenece. Porque, dime, ¿a quién más podríamos dejarle esa herencia cuando nos muramos?

–Te diré que finalmente mi alma ya empieza a ponerse en paz. Ya entiendo mejor las cosas. Tú mismo te das cuenta de que todos los días bajo al ejido. No quiero olvidar que yo me crié con la hermosura del maizal, con la fragancia de las flores, con el sabor del jitomate, del frijol y de las calabacitas. Para mí eso es vivir.

Los eriales, los mesquites y la aridez del desierto que los ojos de Rutila y Donaciano contemplaron, les habían agrietado el alma de hombres que venían de campos verdes. Desconsolados, y con el alma fuera de su cuerpo, tuvieron que guardar silencio por muchos y largos meses, antes de volver a pensar siquiera en que al menos una parte del ejido de la Joya donde había crecido Rutila todavía era suyo. Al fin llegaron al convencimiento de que la vida todavía les pertenecía, tanto o más que antes de su viaje al desierto. Volvieron a sentir que podían expresar en palabras su alegría de vivir y la emoción de cultivar la tierra, como siempre lo habían hecho. Ahora estaban seguros de que valía la pena seguir viviendo la vida de campesinos que llevaban tan seguros como lo habían estado antes, mucho antes de que la libélula gigante con aspas de metal llegara para dar vueltas sobre el ejido de Rutila.

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