El Pueblo Que Fuimos
Isaac Rogel

Platicando - Talking
 

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Capítulo Dos
GOYO EL LECHERO

 

La noche había caído sobre Tepexco.  Ya todo estaba en sombras.  Los ruidos de la noche, los grillos, el rumiar de los animales tras las cercas, las luciérnagas, las casas iluminadas con velas de cera o con petróleo, y la gente que como bultos transitaba por las calles sin luz, todo hacía del pueblo un lugar tranquilo, apacible, en calma y sin problemas.   

Cada noche, al final de la entrega de la leche por las casas, Goyo Lagunes, el lechero, remataba su recorrido en la cantina como premio a su trabajo que tanto sabor le daba a su vida.  Entre dormitando y resoplando a ratos pasaba las horas Palomero, su caballo; las voces del amo y del amigo y las luces que venían de la cantina lo acompañaban en su paciente espera.

---Ese asunto del agua me tiene sin cuidado.  Pronto el arroyo me llena la pileta y nomás no me hace falta,  ---decía Goyo.

 ---Pues yo lo veo de otro modo.  Ya se comienza a oír que los de la Ladera Bronca quieren controlarlo todo.  ¿Qué?  ¿Ya no te acuerdas qué fue lo primero que hicieron al llegar?

 ---Claro que no lo olvido.  Como que fueron derechito a querer comprarle a Liborio las tierras que eran de su abuelo.

 ---Y tiempo le faltó a Liborio para contar las cosas que ahí se dijeron.  Cinco días después de aquella plática, lo vinimos a encontrar muerto y mordido por los coyotes allá por el cerro del tigrillo.

 Al morir su padre, Liborio había logrado que todos los del ejido de Tepexco estuvieran de acuerdo en conservar sus tierras.  Firmaron un papel que él guardaba, en el que se comprometían a no vender ni una sola parte del ejido.  Después de Liborio, Goyo el lechero fue nombrado comisario ejidal de Tepexco.  Y cuando llegaron los de la Ladera Bronca, a todos en el pueblo el miedo se les metió por las orejas.  Sólo se hablaba de la Ladera Bronca.  Y así se siguió haciendo por años, hasta que se vino a hacer costumbre tener a esa gente con la nariz metida en sus vidas. 

Un día se corrió la voz de casa en casa relatando un suceso nunca visto en ese lugar.  Era que unas enormes vacas blancas con manchas negras habían bajado de unos camiones largos como trenes. 

 ---¿Qué te pasa, Goyo, que traes esos ojos de espanto?  Se me hace que es la muerte, la “llorona” o el mismísimo demonio lo que acabas de ver.

 ---Como si hubiera visto todo eso junto.  Me quedé mirando un avión que pasaba por la Ladera Bronca, cuando de pronto que se le sale de la panza un bulto negro, muy grande, como si fuera un toro que volaba.

 ---Seguro que era el diablo.  ¿Cómo es que al avión se le sale de la panza un semental gigante? 

 ---Eso mismo te estoy diciendo. 

 ---No, Goyo, tú estás borracho.  ¿Qué te dan en la cantina?  Se me hace que no es cerveza lo que tomas.  De seguro que a ti ya te enyerbaron.

 ---Nada de eso, mujer.  Apenas apareció el toro en el aire, cuando arriba de él se vieron tres altísimos techos gigantes en forma de arco y de colores que sostenían al toro.

 ---Habrían tenido que ser tan grandes o en forma de iglesia, como la del padre Casimiro, pero mucho más grandes, para aguantar semejante peso.

 ---Así mismo eran.  Y se movían hacia un mismo lado y al mismo tiempo; el toro bajaba y también los techos, pero éstos siempre mucho más arriba del toro.  Parecía como si se fueran jalando; se tironeaban un poco hacia un lado y otro poco hacia abajo.  Después de un largo rato en el que se dieron gusto volando allá en el cielo, se vinieron abajo de golpe como queriendo tirarse a matar.

 ---¿Y luego?  ¿Qué pasó después?

 ---Todo eso que volaba cayó al suelo y ya no supe más.  Eché a correr hasta aquí.  Ya viste a Palomero cómo llegó.  Sólo al bajarme me di cuenta de que con tamaña carrera lo podría haber reventado.

 Al paso de los años, en los cuentos de las abuelas se intercalaba la historia del toro volador; pero además se decía que de ese mismo avión habían caído las vacas, una después de otra.  No faltó quien contara que el día en que eso sucedía se había hecho de noche al mediodía, pues habían sido tantas las vacas que volaban por los aires, que llegó el momento en que se dejó de ver el cielo.  Contaban que las gallinas asustadas subieron a los árboles disponiéndose a dormir

 Pasado aquel suceso presenciado por Goyo, él siguió ordeñando vacas y repartiendo la leche de casa en casa, como si nada extraordinario le hubiera sucedido; en nada cambió su rutina.  Después de la ordeña seguía la entrega de la leche y, al caer la noche, nunca faltaba a su diaria visita a la cantina.  Sin embargo, al paso de los días se le fue viendo receloso y taciturno, con el sombrero sobre los ojos, como si llevara detrás del pecho una pena tan grande como su visión del toro volador.

 ---¿Cuántos aviones viste hoy por la Ladera Bronca?

 ---¿Eran vacas, toros o sólo zopilotes?

 ---Cállense, chamacos, y traigan acá la olla para la leche.

 ---¿Qué más vas a ver mañana, Goyo? 

 ---Las vacas dan leche y mugen cuando piden su pastura.

 ---Ya no te emborraches.

 ---El libro de la escuela y mi maestra dicen que las vacas sólo en los cuentos vuelan.

Pasó un día y otro y luego otro sin que apareciera Goyo con la leche.  No se le volvió a ver ni por su casa, mucho menos por la cantina.  Chicos y grandes se dieron a buscarlo.  Recorrieron el ejido entero y los potreros preguntando a los que pasaban por el pueblo.  Nadie les sabía dar razón.  Era como si se lo hubiera tragado la tierra.  Leocadia, la esposa, tuvo que hacer cinco días cruzando pueblos para ir a pedirles consejo a sus padres.  A pesar de todo, desde el primer día que no llegó su marido a casa, ella había tomado el trabajo por su cuenta; con la ayuda de los vecinos se había ido a ordeñar las vacas.  Pero sin el caballo, nomás no había podido llevar la leche a todas las casas.  Algunos la estaban yendo a recoger hasta el lugar de la ordeña.  Leocadia pensaba que aún teniendo el caballo, a ella se le habría hecho cuesta arriba tener que rematar el día en la cantina; con eso de que el caballo conocía tan bien su camino de regreso a casa.  No habían pasado muchos días, cuando se empezó a contar que se oía el trote del caballo a la hora en que Goyo acostumbraba regresar a su casa.  Salían a recibirlo, y nada, el trote se seguía oyendo pero ningún caballo se veía por ninguna parte.  El cantinero llegó corriendo un día buscando a Leocadia, para contarle que la noche anterior, por mucho tiempo había estado oyendo el resoplido del caballo fuera de la cantina, en el mismo lugar donde cada noche dormitando era costumbre que esperara a su amo.  Ya empezaba a pensar si no se estaría volviendo loco.  No es normal oír ruidos producidos por seres que no existen, se decía.  ¿Será el alma de Goyo o la del caballo la que anda penando?  Tendré que ir a pedirle al Padre Casimiro que venga a echarse un trago y luego a rociar la cantina con harta agua bendita; no vaya a ser que un día se me aparezcan por aquí todas las ánimas del purgatorio pidiéndome un refresco.

---Lo primero que hago al volver al pueblo es venir a darte un saludo de amigo.

 ---¿Cómo es eso, Goyo?  ¿Eres tú en persona o sólo eres tu alma?  Contigo voy adonde quieras, pero con tu alma yo no sé hablar, ni un trago le puedo invitar.

---Ya te he pedido que no hagas caso de lo que la gente dice.  Mira, te traje esta botella.  

---Tequila La Potranca, 100% agave azul.  ¿De dónde la sacaste?  ¿Es de verdad?   

---Pruébala.  Pero, a ver, a mí dame una cerveza.  Quiero demostrarte que esta alma mía es la misma de antes.  Vas a ver que ella sabe tomar la cerveza que siempre me has dado a beber a mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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