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El
Pueblo Que Fuimos |
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Notes on El canasto de pan are here. |
Capítulo
Tres
De
niño había aprendido a preparar la masa para hacer toda suerte de formas y
tipos de pan al lado de su padre. Primero
el bolillo y la telera, seguidos de las cemitas, los cocoles, los cuernos,
las chilindrinas, las campechanas, sin faltar los besos, las piedras y los
huesos, especialmente en noviembre para la celebración del día de muertos. En esas ocasiones, Cenobio se gozaba haciendo figuras de
conejos o de huesos en cruz cubiertos de azúcar en rojo, en blanco con azúcar
o sin ella. Se decía que había
que quedar bien con los muertos chiquitos y luego al día siguiente, el dos
de noviembre, ocuparse de la fiesta de los muertos grandes con sus ofrendas. Esos días, más que de trabajo, eran de fiesta para Cenobio.
Se la pasaba visitando las casas llenas de flores de cempasúchil, de
veladoras, de imágenes de santos y sobre todo adornadas con el pan que él
hacía con sus manos. Las puertas de las casas estaban abiertas para todos durante
la noche anterior al día de muertos. Llegaban los visitantes trayendo
flores o veladoras, haciéndose presentes en la mesa de las ofrendas, para
sentarse luego a saborear los platillos que al difunto le había gustado
comer en vida. Y al salir el
sol, la fiesta continuaba en el panteón, adonde llevaban las ofrendas y las
comían todos, sentados sobre las tumbas a la sombra de los árboles. Pasados
esos días, el enorme canasto circular que le servía de sombrero a Cenobio,
como siempre, iba cubierto con un paño muy usado que un día fue de color
canela. Cada vez que lo bajaba
desde su cabeza a la altura de los ojos de los niños, ensayaba su canción:
“Conchas, besos, cuernos, cocoles y borrachos, lo que quieran traigo yo”. ---Quítame
el borracho, Cenobio, y ponme dos cocoles con ajonjolí. ---Y
tú ¿qué quieres? ¿Una
piedra? ---Hoy
no. Mi abuela quiere tres besos
y dos cuernos. Una noche de octubre de regreso
para su casa con el canasto de pan ya vacío, cruzaba el arroyo seco
canturreando lo de siempre, como si ahí mismo hubiera gente que le quisiera
comprar su pan: “Conchas,
besos, cuernos, cocoles...”, cuando, dejando su tonada a medias, se
encaminó hacia el nopal del que salían voces que lo llamaban por su nombre.
Intempestivamente y sin darle tiempo a más, se le echó encima
ladrando un perro lanudo y feo de tamaño descomunal que en su vida había
visto; bestia de carga parecía más que perro.
Fue tal la carrera que en su huida emprendió que de un salto le
pareció llegar al pueblo; tampoco se dio cuenta de que a su casa entraba
sin el canasto que en la cabeza acostumbraba llevar. ---¿Qué
traes ahora que vienes tan asoleado a estas horas de la noche? ---Pasa
adentro muchacho. No hay cosa
en este mundo por la que valga la pena correr de esa manera. ---Ha
de ser tu conciencia que no anda en sus cabales. Las risas de los viejos pusieron todavía más nervioso a Cenobio que
ni al terminar de contar su aparición, le dieron consuelo alguno o, por lo
menos, una sabia explicación de lo ocurrido.
En su mente de panadero no cabía la idea de que hubiera perros que
además de ladrar, hablaran. Fue
hasta la mañana siguiente cuando, después de haber horneado el pan,
Leonides y Procopio llegaron a su casa llevándole el canasto perdido en su
carrera de espanto de la noche anterior.
Ellos se encargaron de contarle que, cuando eran niños los abuelos
de ellos, contaban que también mucho antes de que ellos mismos nacieran,
según a ellos también les contaban, había habido quien había conocido a
un viejo brujo que de noche se transformaba en perro, como ese con el que
Cenobio se había topado, así de grande, de feo y de lanudo.
Diciendo esto los padres de Cenobio, empezaron a hacer memoria de que
los naguales, que así se les llamaba y de los que ellos habían oído
hablar, eran indios viejos que con hechicerías hacían daño al cuerpo de
los hombres, quitándoles el juicio, y que a los niños les chupaban la
sangre. En este punto de
la plática, Cenobio invitó a sus amigos a salir para repartir el pan, y no
se volvió a tocar el tema. ---Queremos
proponerte un negocio. ---Hemos
venido para invitarte a irnos de braceros. ---¿Y
el pan? ¿Quién va a hacer el
pan si yo me voy? ---Allá
va a haber mucho pan. ---No,
mis viejos se me mueren si me voy. ---Vamos
a conocer otras tierras. Dicen
que allá todo es muy distinto. ---Pero
yo no sé qué es eso. ¿De dónde
sacaron eso de los braceros? ---Vamos
a trabajar con los brazos. Eso
no es nada nuevo. Vamos al
campo. Allá en el otro lado
también vamos a poder hacer lo mismo que sabemos hacer aquí.
---Pero
además vamos a ganar dólares, para luego venir y comprar mucho pan para
los viejos. Era
el año de 1946 cuando Cenobio, Leonides y Procopio habían salido del
pueblo dejando atrás sus recuerdos de cuando fueron a la escuela, de cuando
aprendieron a trabajar en el campo al lado de sus padres.
Se fueron sin saber en realidad qué era lo que buscaban; jamás
pensaron en los peligros, en las dificultades ni en los días en que pasarían
hambre. Pronto los sorprendió
la desilusión, cuando después de la primera cosecha de algodón recibieron
la noticia de que para ellos el trabajo ya se había acabado.
Desde ese momento empezó
su desventura. No faltó quien
les robara o los echara a la calle después del primer día de trabajo.
Muchos días tuvieron que caminar durmiendo en la calle o en
despoblado, preguntando siempre, pidiendo, suplicando.
--¿Quiénes
son ésos que llevan horas sentados frente al taller? ---Son
unos mexicanos a los que hace unas semanas echaron de la finca del
colombiano. ---¿Son
mecánicos o al menos saben ---Vienen
del campo. Uno es panadero, ---Llama
al panadero. Veremos si con ese
oficio se defiende en la fábrica de Pallazzi.
Durante
los primeros cinco años en la fábrica, Cenobio se ocupó de estibar las
cajas de pan en un cobertizo para después acomodarlos en los camiones
repartidores. En todo ese
tiempo, ni un solo día faltó a su trabajo al que llegaba media hora antes
y del que salía dos horas después, cuando ya todo había quedado en orden,
limpio y bien dispuesto para el día siguiente.
No sin muchos contratiempos, por no hablar inglés y por ser mexicano,
logró mantenerse en ese lugar, cambiando únicamente de una área de
trabajo a otra. Fue sólo después de quince años de trabajo duro, constante
y responsable, cuando fijándose en él los patrones, le enseñaron a
manejar los camiones. Y ya con
licencia para manejar, le entregaron un camión repartidor en el que
llevaba el pan a las tiendas y a los expendios que tenía la fábrica en
toda la ciudad. De
los tres jóvenes pueblerinos que salieron de su tierra un día para
convertirse en braceros, Cenobio fue el único que, veinte años después de
haber empezado su aventura, volvió al pueblo para visitar a sus padres.
Venía con esposa y con hijos, ilusionado por volver a encontrar a
sus padres, soñando en cuántas cosas podría hacer por ellos ahora que traía
dólares. Había comprado un
radio receptor para que sus padres oyeran la radionovela de “Chucho el
Roto, el bandido defensor de los pobres”.
Lo dramático del caso fue que por los vecinos fue sabiendo cómo al
poco tiempo de haber dejado su casa, se habían muerto de tristeza, uno
después del otro, los viejos que aquí había dejado abandonados a su
suerte. Abatido por la tristeza y por la culpa que antes ya sentía,
pero que al ver la realidad de las cosas se le agudizaba, se volvió para el
otro lado así como había venido. --Allá
del otro lado--, como él decía para que todo el mundo entendiera donde
andaba, también era él uno de los que se ocupaban de llevar el pan hasta
donde estaba la gente; pero allá hacía muchísimo tiempo que habían
olvidado ponerse de sombrero el canasto del pan.
--Allá el pan se transporta en camiones, y uno de esos manejo yo,
---decía orgulloso. “Allá
del otro lado, el canasto del pan es cosa del pasado.
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