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El
Pueblo Que Fuimos |
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Capítulo
Cuatro
Cirilo
tomó el camino de su pueblo, como lo hacía siempre al salir de la casa de
tía Casilda, la curandera; iba repasando en su mente todas las
recomendaciones que ella le hiciera minutos antes.
Ambos sabían que el gusto por la bebida era el motivo principal de
sus visitas en busca de yerbas que ayudaran a Cirilo a dejar de tomar pulque
y aguardiente de caña en la forma en que lo venía haciendo a últimas
fechas. Sabían también que al
pie del cerro vivía Cunegunda, famosa por sus hojas de naranjo con piquete
y por los pulques curados de tuna que le quedaban tan sabrosos.
Fue precisamente en ese momento cuando se le apareció Zenaida, su
mujer, llevando en brazos al niño enfermo. ---De regreso de la
milpa, no hice más que abrir la puerta del jacal para darme cuenta de que
Eustolio estaba alacranado. ---¿Le diste el ajo
que es retebueno? ¿Le untaste
limón en el cuerpo? ---De nada me acordé.
Sólo pensé en salir corriendo para acá.
A ver si a Eustolio sí lo cura la tía Casilda; porque a ti nomás
no te hace nada. Con eso de que
el pulque y el aguardiente no te quieren soltar. ---¿Qué te pasa,
Cirilo? ¿Otra vez por aquí? ---No es por mí, tía
Casilda. Eustolio es el que se
me muere de un piquete de alacrán. ---Pasa, pues.
No te quedes ahí parado. Sienta
al muchacho en la cama. Y tú,
mujer, no dejes que se acueste. Voy
a la cocina. Ya, ya está aquí. Ten.
Dale estos tres dientes de ajo y ve que se los trague, ofrécele el
jarro con la leche. Y tú,
Cirilo, descúbrelo, vamos a ver por dónde está el piquete para untarle
este limón. A Eustolio lo sacó
adelante, como sucedía casi a diario con muchos otros que llegaban con
padecimientos semejantes. Tía
Casilda no paraba. Su casa era
un entrar y salir de gente a todas horas.
De esas enfermedades que ahora ni se nombran de tanto dolor y vergüenza
que causan, tía Casilda tenía muchos casos.
Aquí mismo en su casa ya hacía muchos meses que había recibido a
un muchacho al que le había dado nada más por no querer comer y quedarse
ahí acostado sin ánimos para mover un dedo.
Los baños de temazcal y unos brebajes preparados con yerbas y, eso sí,
con mucho reposo, lo estaban levantando de la postración en la que había
caído. La curandera,
delgada, bajita, de pelo entrecano, ya entrada en años, vivía en el barrio
alto de Tepeyolotli, pueblo asentado al pie de la cordillera que nace en el
volcán del mismo nombre. Se
extiende hacia el oriente en una irregular sucesión de montañas
acartonadas, como cortadas de tajo, que van a morir dos pueblos adelante en
un lugar donde la elevación del terreno les da acomodo sin cortes tan
abruptos. De todos conocida,
querida y respetada, tía Casilda tenía un patio lleno de plantas en
aparente desorden. Lo que no
cultivaba afuera, ya lo había preparado en polvos obtenidos con la molienda
de hojas secas. Todo lo
envasaba luego en sobres con varitas, flores y hojas o también en frascos
con infusiones y tinturas que, según sus indicaciones, unos eran para untar
y otros para tomarse solos o mezclados con agua, y estaban indicados para
curar tal o cual enfermedad. ---La clase de este
día la vamos a empezar con el gordolobo y la borraja. Han de saber ustedes que estas dos plantas nunca deben
combinarse. Se puede tomar una
hoy, por decir, y la otra mañana, en caso necesario.
---Tía Casilda, sáqueme
de una duda. Ayer, después que
usted entre otras plantas mencionó la borraja y de cómo la señora del
vientre abultado dio su testimonio de haberse curado la inflamación del
vaso con esa planta, yo me quedé pensando en que algunas veces las plantas
nada tienen que ver con la enfermedad o con la curación de los pacientes.
¿No habrá otra explicación para la cura de algunas dolencias? ---Es posible.
Ya lo hemos platicado en otras clases.
Debe haber muchos motivos por los que los enfermos van a ver a los
curanderos. Yo pienso que si
vienen a verme a mí es porque quieren curarse de su mal o porque creen que
yo puedo ayudarles en eso. Es
decir que me tienen confianza a mí, creen en mis yerbas o piensan que las
combinaciones y la forma de usarlas que les recomiendo pueden ayudarles a
curarse. Puede ser todo eso. ---¿Cómo puedo
expresar por escrito de manera clara y convincente que las yerbas,
cultivadas por los curanderos o recolectadas en el campo, hacen sanar a los
enfermos tan rápido o por lo menos tan efectivamente como las medicinas de
patente? ---La veracidad y
honestidad con que hablemos del uso de las yerbas para fines curativos y la
enumeración de casos de curación o testimonios de otros pacientes van a
convencer, sin duda, a quienes ya tienen la mente dispuesta al cambio y a la
búsqueda de otros medios para encontrar la salud del cuerpo.
Me viene a la mente el nombre de Elizabeth Wilde que hace dos años
vino de Inglaterra en busca de ayuda en el campo de las yerbas para la
preparación de su tesis. Con
frecuencia ella me hacía preguntas como ésta.
Salió bien de su examen profesional.
Hace apenas unos días que recibí un ejemplar de su tesis. A otros visitantes,
tía Casilda los recibe en la planta alta de su casa, en una sala grande y
bien ventilada, equipada con sillas de madera, con asiento y respaldo de
palma, de uso común en estos pueblos.
Algunos vienen en grupos de veinte o más personas, de alguna
universidad extranjera. Sentada
al frente, sin mediar mesa alguna, se presenta invitando a todos a que le
hagan preguntas. Sus
conocimientos van desde el cultivo o recolección de plantas en el campo,
pasando por el secado de las mismas y la elaboración de polvos, infusiones,
tinturas y demás presentaciones, hasta llegar al cuerpo humano y sus
reacciones ante los estímulos. Sabe
mucho de casos y enfermedades y de plantas curativas de la región.
Cuenta cómo se inició en el arte de los curanderos, quiénes fueron
sus maestros, cómo lo ha practicado, relatando todas las cosas que ha ido
aprendiendo al paso de los años en el tratamiento de cada caso en
particular. Al final de la
entrevista da a todos muestras de agradecimiento invitándolos a volver. Los pacientes de tía
Casilda, del pueblo o de fuera, y también los curiosos, son recibidos en
una sala pequeña. Los muros se
ven cubiertos con estantes en los que se encuentran colocados en orden todos
sus medicamentos. Una moderna
computadora ocupa una parte de la mesa llena de frascos y papeles.
La sencillez y austeridad de la casa, exceptuada la computadora, en
general va acorde con el estilo de vida que llevan todos en el pueblo.
Sus calles empedradas y las casas construidas por lo regular en una
planta, unas con vista a la calle y otras detrás del patio, muestran un
ambiente acogedor y de confianza en la gente que allí mora. ---De plano vengo a
decirle que si usted está creyendo que con sus yerbas he de dejar de beber,
ha de saber que está usted muy equivocada.
---¿Y quién te ha
contado semejante disparate? Mira,
Cirilo, yo sólo curo a los enfermos y a los que ponen su voluntad en
curarse. A los que no quieren
salir de sus males, basta nomás con que no vengan a buscarme. ---¿Por qué vengo
yo a verla, entonces? Porque, sépalo
usted muy bien, a mí nadie me trae a la fuerza.
Yo vengo por mi propio pie. ---¿No será que el
aguardiente te tiene trastornado? ¿Qué
otra cosa te habrá dado Cunegunda, que ya ni sabes distinguir entre lo que
quieres y lo que no quieres? Será
mejor que te vayas a tu casa. No
quiero que mañana venga a reclamarme tu Zenaida, como ha sucedido otras
veces con tus compañeros, los borrachos que frecuentan ese lugar de los
pulques. Ahora hasta
extranjeros veo por ahí; güeros, altos y greñudos se acercan a la casa de
Cunegunda. ---No, tía Casilda,
yo vengo en agradecimiento por lo que usted ha hecho por mí y para que
usted haga más clientela. Si
viera que allá en mi pueblo todos hablan de sus remedios y de lo buena que
es para curar de los piquetes de alacrán y de las mordeduras de culebra.
Ni se diga de la confianza que le tienen también para curar a los
chamacos que andan empachados o que tienen la panza llena de lombrices. ---Bueno, bueno.
No me cambies la plática. ¿Qué
es lo que hoy te trae por aquí? ---¿Cómo le hace para atinarle?
Ya veo que usted nunca se equivoca.
Lo que me pasa es que siempre al levantarme me dan unos ascos como
los que le daban a mi Zenaida cuando estaba embarazada de mi chamaco.
Luego me queda en la boca un sabor a fierro oxidado, y a la hora del
almuerzo me cuesta mucho trabajo pasar el bocado.
Si como, es sólo porque debo tener fuerzas para las labores del
campo. Pero, de todo lo que me
pasa, lo que más me duele es que ya no le encuentro sabor a la tortilla; ya
ni la salsa molcajeteada que me da Zenaida le da sabor a lo que como.
Por eso vengo, tía Casilda. Créame
lo que le digo, si no le vuelvo a encontrar el sabor a la tortilla, yo me
muero, en verdad que me muero. No
lo va usted a creer, tía Casilda, pero a veces hasta creo que ya estoy
muerto. Lo que de vida me queda
es como una sombra que no me deja y a todas partes va conmigo.
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