El Pueblo Que Fuimos
Isaac Rogel
The Cuernavaca Language School

Platicando - Talking
 

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Capítulo Cinco
EL MOLINO DEL PUEBLO

 

A eso de las siete de la noche de un martes de carnaval, cuando las comparsas de chinelos bailaban ya frente a la presidencia municipal de Zompantla, Braulio Reséndiz cerró las puertas del molino para dirigirse al lugar de la fiesta.  Allá lo esperaban sus hijas.  Luego contarían los vecinos que apenas habría doblado la esquina cuando aparecieron frente a su casa dos hombres que a gritos lo llamaban.  Nadie salió a abrirles.  El patio quedaba detrás del molino, y al fondo, en una sombría habitación de la casa, yacía la esposa postrada en su cama de enferma.  Remigio, sobrino de Braulio Reséndiz, uno de los que golpeaban la puerta, acababa de llegar del norte.  Desafiando los peligros del desierto, había cruzado la frontera siguiendo a su padre que años antes había hecho lo mismo.  Habían pasado los años.  A él y a su padre se les había quedado el gusto en el camino.  Una vez salidos de su tierra, jamás volvieron a saber lo que era un molino o una tortillería de pueblo.  Ese mañanero rodar de piedras del molino y su inseparable compañera, la máquina de hacer tortillas que, ágiles y siempre con la alegría de servir al que tiene hambre, cada día despiertan a todo el mundo muy temprano.  Lo encontraron en el “brinco del chinelo”.

---Tío Braulio, las cosas son así como se las platico.

---No es que no te crea, muchacho.  Lo que me tiene desasosegado es el recordar que nunca hice lucha de ir a ver a tu padre.  Me quedé con la idea de que él volvería pronto al pueblo.  Y así fue perdiendo fuerza en mi recuerdo el deseo de buscarlo.

---Era su voluntad.  A todas horas hablaba de lo que había dejado aquí.  Siempre quiso volver.

---No entiendo cómo pudo irse para el norte.  Bien sabía que aquí tenía familia, tierra para trabajar y una historia que entregarles a sus hijos.

Sólo las sombras lo vieron cruzar el arroyo la noche en que los tiros lo hicieron salir corriendo de la casa de Basilia Romero, asentada en lo más escondido del ejido.  Dos hermanos de la novia se habían aparecido en el ejido dos días antes de los hechos.  Los Rajados, les llamaba la gente desde aquel palenque en que, al ver que su gallo iba perdiendo, detuvieron la pelea pretextando trampa de los hacendados.  Si la autoridad no hubiera intervenido, las cosas se habrían agravado y no todo habría quedado en gritos y en bravuconadas de una y de otra parte.  Lo cierto es que desde ese día, Los Rajados empezaron una vida de desórdenes mayores.  Sin mediar problema, peleaban con todo aquél que se les pusiera enfrente.  Una cosa los marcaba.  Por razones que razones no tenían, dieron por echar bala a los muchachos que pretendían noviazgo con las muchachas del lugar, como si los mismos padres de las novias les hubieran encomendado vigilar a sus hijas para que todo se hiciera de diferente manera.  Irrumpiendo de entre los lugares menos imaginados y a horas inesperadas, jinetes de la noche, se hacían presentes en el lugar donde las parejas se citaban, abriendo fuego y tirando bala a los pies del novio, pero sin herir.  Eso mismo hicieron al encontrar a Rosendo Reséndiz en la puerta de la casa de la hermana.  Y a la tercera vez que esto mismo le había sucedido, Rosendo había tomado el camino que lleva al norte sin decir palabra, con ánimos de no volver la cara atrás.  Nunca imaginó que eso de los tiros de los hermanos de Basilia Romero fuera sólo un juego de muchachos.  Al paso de los años se sabría que estaba en Arizona.  Pero aquéllos, “los rajados”, todavía por largo tiempo siguieron invitando al baile de las balas a cuanto novio aparecía por el pueblo.  Hasta que una noche de tantas unos arrieros encontraron dos cuerpos atorados en las compuertas de la “presa mansa“.  La crecida del río había sido tal que arrastró a la muerte a jinetes y monturas.  Eran los mismísimos Rajados.  Tampoco esto lo supo Rosendo Reséndiz allá por donde andaba.

Braulio y Rosendo, cuando niños, por las palabras de su padre y por el ejemplo que él mismo les dejara, aprendieron a amar la tierra que les daba alegría y sustento.  También supieron cómo echaba raíces en sus corazones la palabra zapatista.  “Tierra y libertad” era el grito que había quedado atesorado en sus adentros.  Si el ejido hablara, qué de cosas de ellos contaría.  Los dos hermanos habían nacido y crecido en esa tierra, respirando hasta por los poros todo el sabor del campo.  Semillas de frijol, de jitomate, de maíz pasaron por sus manos.  Las lluvias de temporal, el sol, la yunta, los aperos, la pixca y la cosecha, las bestias y los utensilios de labranza fueron sus inseparables compañeros, cuando apenas empezaban a querer ser hombres.  Tenían doce años y ya sabían de las granizadas sufridas a la intemperie y de las plagas que azotaban los sembrados.  Después vendría el Molino del Pueblo.  Sin pasar por las bodegas del mercado municipal y sin haber viajado hasta los mercados de la capital, el maíz cultivado por Braulio y Rosendo llegaba directamente del campo al molino.  Cada día muy de mañana, el molino y la tortilladora empezaban su música, moliendo primero el nixtamal para que después, habiendo pasado la masa por la tortilladora, manos femeninas recogieran las tortillas calientes y esponjadas con sabor a maíz y campo.  Daba gusto ver a niños y a viejos yendo a comprar tortillas para el almuerzo o para la comida, sin faltar el taco de sal a la pasada acompañado del consabido sabor del comentario pueblerino.  


---Traigo una encomienda del finado.


---Suéltala pronto, Remigio, que me siento en deuda con tu padre.  ¿Qué hay que hacer?

---Se trata de Basilia Romero.  Me encargó que la buscara.  Ya fui hasta el ejido y nadie me da razón.  Cuando mi padre se fue del pueblo soñaba con hacer licenciado al hijo que ella esperaba entonces.

---Basilia se cansó de esperar a Rosendo.  Cuando ese hijo tendría diez años, él y su madre vinieron a decirme que en la capital sería más fácil cumplir con el deseo y con los sueños de aquel hombre que al parecer lo había olvidado todo.  Basilia entendía muy bien que aquí en el ejido todo es trabajo y que no hay tiempo para el estudio.  

---¿Sabe alguien dónde están ahora?

---Vamos a tener que ir a la sierra por el camino que da para el sur.  Ha de vivir todavía Casiana, una de las hermanas de Basilia que nunca quiso dejar su pueblo.

Años después, a la hora de alegrar las piedras del molino, sorprendió a Braulio una voz que él conocía de siempre.

---¿Don Braulio Reséndiz?

---El mismo.  Yo creo que a usted no lo conozco, amigo, pero la voz no me engaña.  ¿Basilia Romero es su madre?

---Ella me lo decía.  Tienes la voz de tu padre.  Ya lo verás.  Pronto vendrá.

---Sí, yo soy Braulio Reséndiz, hermano de tu padre.  Venga un abrazo.  

El presidente municipal electo, Basilio Romero, firmaba la carta.  Cerrando los ojos Braulio Reséndiz, sentado a la puerta del Molino del Pueblo, ochenta y seis años sobre sus espaldas, recorría en su mente el sueño del hermano, como muchas otras veces lo había hecho desde el día de su partida.  Luego le llegaba la imagen de Basilia y del hijo de diez años que, dejando el pueblo y sus recuerdos, habían salido un día para la capital en busca de la realización de su proyecto.  En seguida volvía a escuchar la voz del hermano en la voz del hijo hecho ya un hombre.  Y hoy, el viejo molinero era uno de los invitados de honor a la toma de posesión de Basilio Romero como presidente municipal del pueblo.  Inmerso en su sueño, siguió imaginando que se encontraba con el hermano difunto, y que él, con lágrimas en los ojos le contaba que había tenido la dicha de encontrarse con aquel hijo que no había conocido padre.  Por muchas horas más se siguió viendo a sí mismo haciendo memoria de cada uno de los detalles de aquella vida, el sueño del hijo licenciado que en aquel entonces estaba por nacer.  ¡Cuánta paz y cuánta alegría llenaban el corazón de Braulio Reséndiz!  La dicha de encontrarse de frente con el destino del hermano no le permitió darse cuenta en qué momento esa misma conversación imaginaria empezada en una de las calles de su pueblo, vino a terminar del otro lado de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I