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Capítulo
Seis
EL
RÍO SE METIÓ POR LA VENTANA
El
recuento de los daños fue penoso y largos años de trabajo les significó a
todos la reconstrucción de las casas.
Empezaron formando cuadrillas de hombres, equipados cada uno con su
pala para echar afuera de las casas el lodo y la basura acumulada. Pollos, puercos, ratas, culebras, granos de maíz y de
frijol, hojas de árbol y hasta ramas enteras se veían por todas partes,
atoradas en los tecorrales y en los muros de las casas que habían podido
resistir a la corriente que a su paso arrastraba con cuanta cosa se le
atravesaba.
Haciéndole
rueda los nietos en el patio de su casa, a la orilla del río, le
preguntaban a Jacinto:
---¿A
quién le tocó rescatar a la abuela de Romualdo de la isla que en la noche
de la crecida del río se formó en torno de su casa?
---Con
el agua a medio cuerpo, Romualdo y yo, levantando a Liduvina a la altura de
los hombros, cruzamos el brazo de río que nos separaba de las otras casas.
---¿Qué
pasó con Doña Agrícola, la esposa de Filogonio, que vivía más en la
capital que en el pueblo?
---Dos
días después de aquel diluvio llegó muy apesadumbrada.
Se puso a ayudar a las mujeres a recoger las cazuelas, las camas de
otate y a poner al sol los petates y la ropa, después de haberla lavado
bien con la misma agua del río que tantas penas les causara.
Poco
a poco todos los vecinos se fueron dando cuenta de que, salvada la vida y
teniendo ante su vista el paso eterno de su río, ya podrían seguir
viviendo. Verdad amarga era
también la de que en adelante tendrían que trabajar duro para poner en
orden las casas y los corrales. Por
suerte ninguno había tenido que lamentar la pérdida de ninguno de sus
seres queridos. Sólo Doña Agrícola
se fue poniendo cada vez más triste al paso de los días.
Una mañana ya no amaneció con vida.
Decían en el pueblo que la pura impresión de aquel desastre, el que
por otra parte no le había tocado presenciar, le había dado un golpe
seguro del lado del corazón. Al
final todo le vino de repente. Se
cree que fue al amanecer, porque a las dos de la mañana todavía la oyeron
toser. Eso contaron las vecinas.
Por Filogonio no se supo nada. Tan
sordo era que los vecinos sabían a qué hora se levantaba, qué decía
cuando quería comer o cuando ya se iba a trabajar; tanto que en su casa
todo se hablaba a gritos, hasta creían que Doña Agrícola siempre hablaba
con la mohína apretada entre los dientes.
Los
que lo vivieron, cuentan que la noche cayó a destiempo.
Eran las tres de la tarde de un verano, cuando un monstruo de nube
negra arrasó con el sol dejando al pueblo en completa oscuridad.
Luego vino la tormenta. Por
dos noches y dos días completos se estuvo oyendo el golpeteo en los tejados.
Más que gotas, eran bocanadas de bestias descomunales que arrojaban
inmundicias en el río y por encima de las copas de los árboles que se abatían
crujiendo. Muchas ramas se
desgajaron cayendo sobre las casas, atravesadas en las calles y aporreando a
los animales tras las trancas. Era un diluvio el que se había echado sobre la tierra.
Los santos del cielo bajaron a los rezos de los creyentes abatidos
por el miedo. Por horas
ardieron las veladoras. Las
palmas benditas del Domingo de Ramos pronto se convirtieron en ceniza.
El pueblo entero estaba en vela.
Como si se tratara de un verdadero terremoto, de allá del río venían
bufidos producidos por el viento, por el agua que caía y por la corriente
que arrastraba piedras, troncos, árboles enteros, cerdos, vacas.
Riberas, terraplenes, bordos, veredas, todo había quedado ya
cubierto por el agua que incontenible subía su nivel.
En la madrugada del segundo día, los patios de las casas formaban
parte de su enorme cauce que amenazaba con ensancharse más.
Fue entonces cuando las campanas de la iglesia tocaron a rebato
invitando a todos a dejar sus casas para subir a las partes altas.
La lluvia no cesaba y el río amenazaba con echar abajo los muros de
adobe del caserío que yacía inerme a expensas de las aguas.
---Ya
llegó el agua hasta el corredor de la casa de Jacinto.
Tenemos que ayudarle a sacar de ahí al enfermo.
---Vamos,
pero ya.
Dijo
Romualdo, al tiempo que brincaba el tecorral.
Y a poco salían de la casa con su cargamento cubierto con la manga
de Jacinto. Todos corrían,
unos hacia el río, otros espantados se alejaban de él llevando a cuestas
lo que podían, ollas, chivos y hasta becerros arrastraban en su intento por
salvarlos de la corriente incontenible que de las manos les arrebataba cosas
y animales. El ayuntamiento
municipal, la escuela, la iglesia, el curato abrían sus puertas para
recibir a cuanta gente subía como salida de las mismas aguas.
Ensordecedor era el estruendo allá abajo.
---Ven
acá, Odilón. Deja de mirar tu
casa. Así no ganas nada.
Salvemos el pellejo.
---Es
la herencia de mi madre. En su
mismo lecho de muerte le hice la promesa de cuidar muy bien la casa, diciéndole
que a su nieto se la entregaría intacta, tal como ella la dejaba.
Y ahora, mira, qué cuentas voy a darle al morir.
El río se metió por la ventana echando abajo todo.
No, Jacinto, yo de aquí no me muevo.
Quiero ver qué puedo hacer.
---Vamos
a poder hacer mucho, Odilón, pero sólo si ahora mismo nos vamos de aquí.
---¿Dónde
está Romualdo? El puede
ayudarnos.
---Se
fue a ver a Filogonio. Su
esposa está en la capital y éste anda como loco, queriéndose llevar todo
para el curato. Ya están allá
sus hijos.
Por
la pura fuerza de los gritos lograron llevar a la gente arriba.
Todos los vecinos de esa orilla del río ya estaban a salvo.
Y a media mañana, después de aquellas larguísimas horas de
angustia, amainó la lluvia. Estirando
los ojos hacia el río, fueron saliendo unos después de otros, buscando el
punto desde donde ellos pensaban que podrían ver siquiera de lejos hasta dónde
había llegado el agua. Lo
primero con lo que se encontraron fue que en el recodo del río estaba
atorado el cuerpo de un cristiano, más adelante una vaca y muchas otras
cosas que el río se llevaba. Con seguridad el cuerpo venía de un largo viaje, porque
nadie supo de quién se trataba. Pronto
se organizaron y trayendo reatas, armaron una parihuela; amarrados de la
cintura y sostenidos desde arriba de un árbol gigantesco, izaron su
delicado cargamento.
Sólo
al caer la tarde de ese día les fue posible acercarse a sus casas.
Cada uno fue diciendo lo que le faltaba.
Total que cuando vieron que ya todo se había perdido, no se dieron a
la pena, sino que, uniéndose unos con otros, empezaron primero con la
limpieza de las casas. Ya habría
tiempo más adelante para ir levantando otra vez las cercas de los corrales
y para rehacer las paredes y los techos de sus casas.
La noche había caído ya, cuando vieron a Odilón llevando sobre sus
espaldas el yugo y las coyundas de los colorines, los bueyes de la yunta que
siempre lo acompañaba, ya fuera en su parcela o en la de los ejidatarios
que se la pedían por rendidora. Después
de buscar y buscar, los colorines no aparecieron por ninguna parte;
seguramente se los había llevado la corriente.
Odilón lloraba su desventura sin poder contenerse.
Qué iba a ser de él ahora. Tendría
que salir del pueblo para buscar trabajo.
Iba pensando que quizá en la capital le dieran acomodo unos primos
contratados en el servicio de limpia de la ciudad. Recordaba muy bien cómo habían sufrido ellos al principio
teniendo que dormir en la calle. Pero,
les había sucedido que aquí en el pueblo ya no habían podido seguir después
del hombre muerto encontrado en la puerta de su casa, culpándolos a ellos
al no hallar otros sospechosos. Y
ahora él, Odilón, sin los colorines ya no tendría modo de ganarse el pan
de cada día en el pueblo.
Las
pérdidas materiales de Filogonio fueron menores. Su casa había podido resistir por estar protegida por un
amate enorme que le daba cobijo, aunque del corral habían desaparecido los
puercos y las gallinas. Romualdo,
haciendo cuentas, llegaba a la conclusión de que el susto había sido
grande, pero, como lo único que tenía para vivir eran sus brazos, se sentía
bien librado. Bien podía
seguir como hasta ahora, siempre a la espera del que necesitara ayuda para
barbechar, para la siembra o para la cosecha.
Al día siguiente tomaría el camino que lleva al monte para cortar
la palma para reconstruir el techo de su casa, de la que no había
quedado casi nada. El río había
subido casi dos metros y, jugando con el techo como si fuera sombrero, se lo
había llevado en su carrera loca.
A
la mañana siguiente vieron a Jacinto luchando a medio río.
Venía montado en un tronco que a pesar de su gran tamaño, juguete
parecía arrastrado por el agua. No venía solo. Amarrada
para no caer de su improvisado salvavidas iba la calandria, la cabra de
Melquiades, la misma que lo había amamantado en los primeros años de su
vida. Jacinto había dado con
ella en uno de los recorridos que hacía río arriba.
La encontró ahogándose, atada como estaba al pie del tamarindo.
Cuando se dio la señal de alarma desde la torre de la iglesia, nadie
se acordó de ella. Melquiades
y su abuela salieron huyendo en busca de un refugio seguro.
Y ahora a medio río, a la voz de auxilio, corriendo se acercaron los
hombres al recodo del río. Romualdo con una garrocha, con palas y machetes los otros, y
Odilón, con la reata con la que habían subido al muerto le lanzó una
punta a Jacinto. La maniobra de
rescate les llevó dos horas. Pero
al fin Jacinto y la calandria se encontraban fuera del río; la una
retozando y Jacinto dándoles gracias a todos por haberle entregado a
Melquiades su tesoro.
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