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Capítulo siete
EL DESCONOCIDO
El
arroyo que bordea el ejido, con agua en tiempo de lluvias y seco el resto
del año, aquella tarde de marzo fue testigo de la muerte de Zenón Bermejo.
Tiempo después los lugareños dirían que los hechos se debieron a
que el muerto había menospreciado las argucias de un desconocido.
El
padre de Zenón, Nicéforo, siempre cultivó un buen entendimiento con la
gente, además de llevar a cuestas el rudo trabajo para arrancarle a las
tierras de temporal el fruto que le permitía seguir viviendo en el ejido
del Cuije. De los cinco hijos
que le dio Marta, su esposa, Zenón era el que siguiendo el ejemplo del
padre, buscaba siempre la amistad de los ejidatarios con los que compartía
la tierra. Además, era
compadre casi de todos, y festejaba a los ahijados como si estuviera
desgranando mazorca. Los
bautizos y las fiestas del pueblo hacían que volviera a su casa sólo después
de tres o cuatro días bien platicados y bien acompañados de moles y
aguardientes.
Zenón
tenía treinta años cuando una mañana, la mano en el arado, conoció a
Nicandro. Venía éste de
tierra caliente llevando encima sólo el sombrero y el machete.
Así lo vieron todos.
---Buenos
días, vale.
---Buenos
días.
Primero
Nicandro y en seguida, respondiendo al saludo, Zenón en su conocida voz
amistosa. Al otro día los dos
seguían el surco, cada uno con su yunta.
Ya se anunciaban las lluvias y faltaba todavía la siembra, así que
el padre de Zenón había contratado a Nicandro.
Ambos conocían las labores del campo y pronto, platicando, nomás
platicando, pero siempre atentos a la reja del arado y al paso de los bueyes,
en pocos días le dieron fin al barbecho y a la siembra.
Para entonces, eran ya como dos hermanos. Los dos vivían en la misma casa, trabajaban juntos, iban a
las mismas fiestas, en los jaripeos montaban los mismos toros, participaban
en las carreras de caballos, se emborrachaban juntos.
Nicandro vino a ser la sombra del amigo y compadre del ejido.
La imagen de buen amigo que Zenón tenía ya la empezaba a emular su
compañero inseparable. Los
sentimientos de Zenón iban de la compasión al desprendimiento frente a la
necesidad, y de la comprensión al apoyo ante la enfermedad o el dolor ajeno.
Nadie se quedaba con la mano extendida cuando se acercaban a él en
busca de ayuda.
Una
tarde a la hora de abrirles la tranca a los animales de vuelta del campo,
Zenón recibió la invitación de Nicandro, y de inmediato solicitó permiso
de su padre para acompañar al amigo a la fiesta del pueblo, allá en la
tierra caliente de donde éste había venido.
Salieron de mañana muy de madrugada montando dos alazanes.
Al fin de la jornada, ya de noche y a lo lejos se oía la banda de
viento alegrando campos y gente. A
ratos les acercaba el viento los compases del Toro Rabón.
Ya casi llegamos al pueblo en donde nos espera la fiesta, iba
pensando el buen amigo de Nicandro. Y
así fue. Entraron sin más al
palenque. Era la media noche y
la pelea de gallos iba a comenzar. Por
los caminos del sur, se dejaba oír en ese momento ante la algarabía y
las señales de aprobación que a intervalos opacaban al cantante.
Al día siguiente, la feria estaba a toda luz y a toda música,
luciendo las muchachas sus mejores prendas;
en grupo paseaban admirando las innumerables mercancías de colores
que se ofrecían a la curiosidad de la gente del lugar.
Las campanas de la iglesia repicaban sin parar invitando a todos a la
misa que el Obispo iba a celebrar. Colocábanse
todos en valla a uno y otro lado de la calle para ver de cerca al invitado
especial. Cada año,
precisamente en ese día, el pastor de almas se hacía presente en el
pueblo. Era todo un
acontecimiento. Acudían de los
pueblos vecinos a oír hablar al representante de Dios que les hablaba
tan bonito. Así decían
todos cuando terminaba el sermón. Niños y mujeres, jóvenes y viejos, todos estaban
convencidos de que con las palabras del Obispo en sus orejas, aunque no
siempre en su corazón, ya podrían tener fuerzas para aguantar por un año
más las inclemencias del tiempo y el rudo trabajo del campo.
Habiendo
recibido la bendición del Obispo, al terminar la celebración en honor del
Santo Patrón, salieron de la iglesia los dos amigos en busca de la diversión.
Tenían el propósito de unirse a los contendientes en las carreras
de caballos de ese día de regocijo para todos los lugareños y sus
visitantes. Había buenos
premios y los dos amigos abrigaban, cada uno por su lado, el deseo de
quedarse con el primer lugar, premio que en dinero representaba algunos
meses de trabajo, compra de semilla para la siembra o largas noches de
parranda. Se oyó el disparo de
salida, y jinetes y caballos pronto se perdieron ante la vista de los
espectadores, quienes esforzándose por no perder ningún detalle y
conteniendo el aliento, veían adelante tratando de identificar al jinete
que iba, ya para entonces, en la punta del hilo de polvo.
Fue
Nicéforo el que vio primero al hijo y al amigo de regreso de su viaje.
También fue el primero en oír la noticia del premio recibido en la
carrera. El abrazo de padre e
hijo fue interminable. Después
de ese momento jamás se mencionaron los detalles del acontecimiento vivido
en la tierra caliente. Sólo
meses más tarde, pasando por el Cuije unos vendedores de calzado contaron
lo ocurrido en aquel viaje de dos amigos que, como si fueran huyendo, habían
salido de aquel pueblo tan pronto terminó la carrera de caballos, llevándose
el premio prometido al jinete que había aventajado a todos llegando a la
meta en el primer lugar. Grande
fue la animación en todo el ejido al correrse la voz de la feliz noticia. A
todas horas detenían a Zenón en su camino para expresarle la alegría y la
felicitación por haber llevado el buen nombre del Cuije a otras tierras.
A todo esto, Nicandro se quedaba callado.
Así pasaron los días, las fiestas, las parrandas y el trabajo.
Ese
año la cosecha fue de abundancia. Las
lluvias habían llegado a tiempo, no se habían interrumpido en ningún
momento y además habían venido sin tempestades ni granizadas que lamentar.
De modo que, no sólo Nicéforo y su familia sino también en el
ejido entero pronto a todos se les vio haciendo planes para celebrar esos
hechos de tan buena ventura y para escoger la semilla, el maíz mejor
logrado, para la otra siembra. Siguieron
las fiestas, los bautizos, las celebraciones de quince años, las bodas. Nada
parecía enturbiar la felicidad que reinaba en el Cuije.
No
se presentó Nicandro en el velorio del amigo muerto. ¿Qué habrá pasado?
se preguntaban unos a otros con caras de espanto.
Andando siempre juntos los dos muchachos, ¿cómo es que el cuerpo de
Zenón está aquí a la vista de todos sus compadres, llorado por sus
padres, tendido a medio patio, mudo para siempre, y Nicandro no aparece? ¿lo
habrán arrojado al barranco malherido para que no denuncie la muerte de Zenón?
¿habrá perdido la vida en defensa del amigo?
Sus mentes de hombres rudos pero de sano juicio no atinaban a
descifrar el enredo en el que se encontraban.
El dolor de Marta, la madre de Zenón, de tan hondo, se engarzaba en
lágrimas, temblores y sollozos, fija la mirada en el cuerpo del hijo, negándose
a aceptar lo que veía.
Rosalía,
prima de Zenón y novia de Nicandro, les confió meses después a las amigas
que Nicandro le había contado lo del viaje a la tierra caliente y lo del
premio que había ganado su inseparable amigo en la carrera de caballos.
Y entre esas cosas también le había dicho que en el pecho llevaba
un dolor que desde aquel día se le había clavado sin remedio y que al paso
del tiempo se le estaba haciendo en verdad insoportable.
Es un dolor, calor o sabor que siento en lo amargo de la boca
viniendo del estómago, como que se me ahoga luego en la garganta y me viene
a reventar en la cabeza. Mis
ojos se llenan de sangre, no soportan la presencia, la existencia misma de
Zenón. A todas horas del día
y de la noche lo veo montando su caballo en veloz carrera hacia la meta,
seguro de alcanzarla. Le decía
también que, a pesar de todo, no tenía valor para intentar nada en contra
del amigo; pero que se sentía aturdido y sin saber qué hacer.
Mientras
tanto, las voces se encontraban rodando por las casas y los campos del ejido.
Primero a no creer lo que decían.
Pero luego, con el desconsuelo a cuestas, los compadres se
organizaron en grupos para ir por los caminos en busca del perdido.
Algunos lo hicieron, volviendo a los pocos días con los ojos
cansados de tanto querer alcanzar la lejanía, buscando siempre de noche y
de día en los recodos del camino, detrás de los matorrales, en las
quebradas y en el fondo del barranco. Nada
ni nadie les dio razón de Nicandro. Tuvo
que intervenir la voz pausada de Nicéforo de plano poniendo calma y
serenidad en ese nudo de pena y rabia que maniataba el corazón de los
amigos.
Pasado
el miércoles de ceniza al principio de la cuaresma y en plena labor
preparando la tierra otra vez para la siembra, y antes de que las lluvias se
anunciaran detrás de los cerros, platicando una tarde en casa de Marta,
afligida y demacrada de tanto llorar su pena, se oyó otra vez la voz de Nicéforo:
Yo les agradezco todo lo que hacen tratando de descubrir qué fue
realmente lo que pasó con la muerte de Zenón y con la misteriosa
desaparición del amigo. Yo les
propongo que se queden quietos por algún tiempo. El día menos pensado y sin advertirlo siquiera nos vamos a
tropezar con la verdad que ahora se nos niega.
Los invito a que guardemos en el pecho la memoria de mi hijo; recordémoslo
como buen hijo, como buen amigo y como buen compadre.
Estoy convencido de que en todo esto ustedes están de acuerdo
conmigo. Hagamos de cuenta que
murió a manos de un desconocido. Porque,
yo les pregunto: ¿No creen ustedes que para nosotros era y sigue siendo
perfectamente desconocido ese sentimiento que atormentaba a Nicandro, del
que ni él mismo sabía su nombre, según lo sabemos por su novia?
¿No será que también para Zenón era un desconocido o que él no
quiso darle importancia a ese intruso, si alguna vez llegó a descubrirlo en
la cara del amigo? Si esto último
fuera lo que ha sucedido, a mis ojos y aquí en mi corazón se agiganta la
hombría de este hijo tan querido, y estoy dispuesto a quedarme con esta
idea y a morir con ella. Si
fuera verdad esto que les estoy diciendo, lo que él hizo, si es que
realmente lo hizo, a mí me dice que la nobleza de alma y la amistad, hecha
carne en su corazón y en su vida, fue tan grande y tan sublime que le hizo
perdonar y seguir siendo el amigo de siempre sin cambiar en nada.
Este ejemplo suyo de buen amigo hasta el final, a mí me basta para
vivir en paz.
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