El Pueblo Que Fuimos
Isaac Rogel

Platicando - Talking
 

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Capítulo Ocho
SANGRELINDA

 

Eran las dos de las tarde del 3 de febrero de 1940 cuando el tren pasó por la Soledad.  Venía retrasado con mucho más de una hora, y además con los tres vagones que arrastraba completamente llenos por tanta gente como traía de regreso a su casa.  Había pasado la feria de la Candelaria organizada en la Explanada, ciudad circundada por un macizo montañoso.  Al subir al tren Arcadio, apenas encontró un lugar para que se sentara Matianita con el niño de brazos que llevaba, Josué, el hijo de los dos nacido en la cuaresma del año anterior.  Arcadio emigraba del campo del sur al estado vecino.   La familia de la esposa se había asentado años atrás en el valle que, una vez traspuesta la montaña, el tren iba cruzando acercándose a la cordillera del norte, a cuyas faldas descansa la ciudad de las Arboledas.  Aunque Arcadio no viajaba muy convencido de ese cambio, el tren al que se había subido vendría a asegurarle más tarde un lugar adonde llegar y un campo en donde empezar de nuevo su vida de campesino.  La vecina de asiento de Matianita pronto les hizo plática, pidiendo permiso para tomar en sus brazos al Josué risueño que kilómetros adelante iba a estar en un tris de quedarse tirado en el camino para siempre.

---Señora, ya viene Prudencia.

---¡Cómo!  ¿Tan pronto?  ¿Está bien su brazo?

---Aguarda, señora, ella misma te lo va a contar.

Con ese título se dirigía Arcadio a su esposa.  Y en ese momento, Señora, le decía, acompañando a Prudencia que ya llegaba con el brazo vendado desde el hombro hasta la punta de los dedos.  A pesar de sus dolores, la cara de Prudencia dibujaba una sonrisa que más parecía de fiesta que de mujer accidentada.  Y no era para menos, los médicos le acababan de dar la noticia de que ya había pasado el peligro de perder el brazo.  Ella era sólo una de las muchas personas que después del descarrilamiento del tren habían quedado llorando su desventura.  Pero, aquí estaba ya, como siempre, abriendo su corazón para hacerse cargo de sus nuevos amigos.  Hasta el lugar donde llega el camino salieron a encontrarla sus hijos; lo mismo hicieron Matianita y Josué  uniéndose al regocijo de todos.

---Gracias a Dios que pude salvarte, mi niño.

---Sí, Prudencia, gracias a Dios, pero también gracias a usted mi Josué está bien; mire, ni un rasguño tiene en su cuerpo.

En el grupo también venía Celedonio, esposo de Prudencia, dando órdenes a todos.

---A ver, tú Arcadio, ¿estás listo?  Mañana muy de madrugada nos vamos para el sur.  Vamos a recorrer la sierra primero y, si fuera necesario, bajaremos a la costa para traer una partida de ganado; en 30 días tenemos que estar de vuelta.  ¿Te animas?  ¿Te vas con nosotros?

---Desde luego que sí.  Con lo que me gusta andar por los caminos.

 ---Y así mismo le vamos a hacer.  Vamos a volver caminando y arreando el ganado.

No regresaron a la casa sino después de 53 días.  Compraron reses en diferentes lugares;  después tuvieron que hacer las jornadas al paso de los animales a lo largo de los 300 kilómetros que los separaban de las Arboledas.  En llegando, se fueron a recorrer el campo, con el fin de encontrar un lugar en el que Arcadio pudiera asentarse y empezar de nuevo su vida de hombre de campo. 

Fue en el Jumilar donde a las primeras lluvias, removida por uno de los ventarrones que anteceden a la tormenta, la casa casi volaba; el viento amenazaba con llevársela por los aires, y Arcadio afianzándose de un horcón pretendía impedirlo.  Si te la llevas, me voy con ella, increpaba al viento.  Arcadio se decía constructor de casas de basura; empleando palma, morillos, horcones, varas, bejucos, carrizo y aguasoles, en unos cuantos días la casa estaba levantada y lista para ser ocupada.  ¿En qué lugar las hacía?  A la orilla del camino, cerca de la parcela o cerca de un árbol.  Al final de la cosecha y no habiendo mucho que hacer en el campo, Arcadio pastoreaba el ganado que había de ir al rastro; carne que saldría después por las calles en unos camiones en forma de cajas rodantes haciendo el recorrido por  las carnicerías de Celedonio y de toda la ciudad.

Seis años tenía Josué.  Matianita anhelaba que su hijo aprendiera a leer y a escribir.   Empezó con lo segundo; llevándole la mano al hijo, los dos escribieron primero las palabras que estaban más cerca de ellos: la casa, el arado, los bueyes, la mazorca, siguiendo después con el árbol, las gallinas y los alacranes.  Uno de éstos, una mañana de mayo al levantarse de prisa para despedir al padre que ya salía para el barbecho, sorprendió a Josué en la punta del dedo gordo del pie.  Había tantos alacranes en ese lugar que era imposible cuidarse de ellos; bajaban del techo de palma o entraban por las paredes de carrizo.  Luego vinieron los días de la escuela de la maestra Paula que, en un cuarto de la ayudantía municipal recibía a los parvulitos que querían saber un poco de lo que se hace en la escuela: las tablas de sumar y las letras que saltando como chapulines en la hoja rayada del cuaderno iban poco a poco dándole forma a las palabras.

Al regreso de uno de los viajes arreando reses, después de ocho o diez años de trabajo, en los que combinaba el cultivo de los campos de temporal con el pastoreo del ganado que Celedonio introducía al rastro de las Arboledas, una tarde de marzo vieron a Arcadio llegar montando un caballo.

---Sangrelinda es su nombre.

---¡Qué hermoso caballo, papá!

---Desde hoy ya es tuyo, Josué.  Lo traje para ti.  ¿Quieres montarlo?

Arcadio subió al hijo al caballo y se fueron a dar una vuelta.  Los ojos del hijo no cabían de contento; las crines, las orejas, las ancas, el color del pelaje le servían de pretexto para expresar su alegría de mirarlo y de tocarlo.  

Un domingo de tantos llegaron hasta la casa de Arcadio unas sobrinas que vivían en las Arboledas.  Celedonio, su vecino, les había contado historias acerca de un caballo traído de la sierra.  Ellas, deseosas de saber un poco más sobre esas cosas que de Sangrelinda se decían, decidieron pasar el día montando a caballo, asando elotes y comiendo tamales.  Josué fue el encargado de atender a las primas que, aunque un poco mayores que él, por ser gente de la ciudad necesitaban ayuda para montar.  Querían, además, entrar a la milpa a cortar los elotes más tiernos que después comerían hervidos o asados sobre las brasas, lo mismo que otros un poco más sazones que les proporcionarían la masa a punto para hacer los tamales.  Josué fue todo un maestro; corría hacia el camino y luego volvía rayando el caballo a la vista de todos.  Después invitó a quien quisiera montarlo solo o acompañado por él yendo atrás horquetado en las ancas de Sangrelinda.  Finalmente, después de saborear la comida del campo, preguntaron cómo y de dónde había llegado ese caballo tan hermoso. 

---Cuéntanos, tío o tú Josué.  Queremos saber quién le puso el nombre de Sangrelinda.

---El color lo dice todo.  Pero, además tiene su historia.

Y allí mismo, sentados en el patio de la casa, Arcadio les fue diciendo a todos los que ahí estaban admirando la estampa de tan hermoso caballo:

---Lo encontré allá arriba de la sierra yendo en busca de ganado.  Andaba en el potrero pastando, y de inmediato me fui para verlo de cerca.  Me llamó la atención no sólo el color sino también su tamaño.  A la distancia me parecía un caballo más bien bajo sin ser muy pequeño.  Josué lo podría montar con facilidad,  pensé en ese momento.  Hablé con el dueño y, después de algunos titubeos de parte de él, hicimos el trato.  La historia de Sangrelinda empieza en un jaripeo.  Este hombre, Cipriano se llamaba, no perdía ningún jaripeo de los que se juegan allá en la sierra.  A todas partes iba siempre acompañado de una yegua bermeja, alta, briosa y bien entendida.  Sucedió que encontrándose una tarde en un lugar llamado la Silla de Montar, en lo más alto de la sierra, entró al corral de toros en el momento en el que soltaban un toro bravo.  Tan pronto empezó el toro a reparar tratando de deshacerse del jinete, los otros caballos se espantaron.  En el amontonadero, yéndose unos encima de otros, de pronto Cipriano se vio en el suelo en el instante en el que el toro corría hacia él.  Sin darse cuenta cabal de lo que pasaba, sólo alcanzó a ver que la yegua también corría hacia a los cuernos del toro.  Y ahí mismo cayó al suelo desangrándose en corto tiempo.  Sangrelinda, nacido de esa yegua dos años antes de que esto sucediera, desde ese día se hizo merecedor del nombre que ahora lleva, en recuerdo de la sangre derramada por su madre que con su muerte salvara la vida del amo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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