![]() |
El
Pueblo Que Fuimos |
![]() |
||||||
|
Notes on Haciendo Cornejo are here. |
Capítulo
Nueve Venida
a menos la Hacienda Cornejo, pronto llegó a ser sólo el lugar donde se
vendían azadones, yugos, coyundas o el aguijón de la garrocha para
estimular a los bueyes o a las acémilas que van jalando el arado.
Ahí se compraba alimento para los animales y utensilios de labranza.
Eso era todo. ---Bien
claro se lo estoy diciendo, Don Ponciano.
Si no detiene a su muchacho, los linderos de la loma del Jehuite sólo
a balazos volverán a su lugar. Isidoro
se ha empecinado en que las cosas han de hacerse siempre como él las dicta.
---Mi
idea de mandarlo a la universidad era que al volver, habría de tomar las
cosas con mayor seriedad. Recordarás
que antes todo se le iba en parrandear, creyendo que sus padres le íbamos a
ser eternos y que el negocio por sí solo podría crecer. ---Se
agravaron las cosas cuando se nos vino encima la penosa enfermedad de la
patrona, hasta que ésta acabó con ella.
Eso fue lo que lo decidió a irse para la capital.
Y por allá se estuvo algunos años, haciéndonos creer que ya se había
olvidado de lo que aquí había dejado, hasta que un día vino a darnos con
que ya era ingeniero. ---Esta
misma noche hablaré con él. Como
tú lo sabes bien, yo ya estoy viejo, mis fuerzas no dan para más. A
la mañana siguiente, toda la gente del rancho y los amigos del pueblo, que
eran muchos, llegaron trayendo flores.
Don Ponciano Cornejo estaba tendido en la sala grande.
Cuando el doctor acudió al llamado de Isidoro, ya no le dio tiempo más
que para escribir el certificado de defunción y ofrecerles sus condolencias
a los de la casa. Don Ponciano
había muerto en la madrugada y sin que nadie estuviera cerca de su cama.
Después se supo que Isidoro había escuchado al padre con atención
y respeto en todo lo que hablaron aquella noche.
Sirenio, el caporal, había estado presente en la conversación y fue
testigo de que ahí no se había dado motivo de enojo o cosa parecida que
pudiera haber ocasionado de hecho la muerte de Don Ponciano, la que, por
otra parte, ya se esperaba de un momento a otro.
---Mi
hermana conoció a un muchacho que está terminando sus estudios en la
Facultad de Derecho. Es muy
simpático. A mí me gustaría que fuéramos a la fiesta a la que nos está
invitando. Dice que es de allá
de donde tú vienes. ---Si es de Piedra Verde, sólo un ranchero puede ser. Mi tierra es zona lechera y ganadera. ¿Sabes su nombre? ---Román Zamudio, del Rancho Los Jilgueros. ---El rancho, sí lo conozco. De Román, nada sé. Mi padre nunca me ha dicho la verdad sobre ciertas cosas que se oyen en el pueblo. Por lo pronto, nosotros nunca hablamos con esa familia. ---Siendo de rancheros las dos familias, yo creo que sería buena idea procurar el acercamiento. En los negocios de hoy en día ya no prosperan las tiendas de pueblo, en las que se encuentra de todo, sí, pero fuera de su lugar ya nadie las conoce. Lo que quiero decir, es que, contando con tan reducida clientela, están condenadas a ser eso y nada más, una tienda de pueblo. También creo que unir esfuerzos, recursos y capitales va a ser la tónica de los años venideros. ---Hacienda Cornejo, el rancho de mi familia, pelea una parte del rancho Los Jilgueros que ellos explotan desde hace varios años. Hasta donde yo sé, eso es lo que nos tiene distanciados. Isidoro y Lucila se habían conocido en la universidad. Los dos planeaban casarse al fin de sus estudios, y eso ya estaba por llegar. Eran jóvenes abiertos al curso de los tiempos de cambio que se respiraba en el ambiente. Para entonces, María Fernanda, hermana de Lucila, ya se había casado con Román Zamudio. Y, después de la boda de Lucila e Isidoro, las dos hermanas, Lucila y María Fernanda, poseedoras de un carácter alegre y extrovertido, poco a poco y casi sin proponérselo fueron logrando que la relación que sus maridos tenían entre sí se fuera suavizando. Lo demás, el tiempo se encargó de irlo acomodando. Nadie creyó cuando en el pueblo se supo que los hermanos Zamudio habían llegado al rancho de Isidoro. Sólo al salir se dieron cuenta de que Isidoro mismo estaba en el patio despidiendo a sus visitantes y hablando con ellos como si fueran amigos de toda la vida. El tiempo vino a confirmar que desde ese día cesó la desaparición de animales, a los que antes nadie salía a buscar más allá de la loma del Jehuite. Todos sabían que aquél que cruzaba los linderos, jamás volvía. En años, nadie se había atrevido a indagar si era por las fieras que los hacían pedazos o si eran los hermanos Zamudio los que se hacían temer y respetar a tiros. Lo cierto es que, la enemistad de los hermanos Zamudio frente a la gente de Ponciano Cornejo se perdía en la memoria de varias generaciones. Los viejos del pueblo todavía contaban que precisamente por allá, por los linderos del Jehuite desaparecieron sin dejar rastro un Zamudio y un Cornejo. Se habían ido persiguiendo un día del que no volvieron. Cuentan que la causa fue la niña Florinda Zamudio, quien habiéndose enamorado de Filemón Cornejo, se veía a escondidas con el dueño de su corazón. Después de los hechos, nunca se supo qué fue primero, si la desaparición del hermano ofendido y del enamorado o la definitiva partida para el extranjero de la niña Florinda. De ahí en adelante todo había quedado en el olvido, hasta que empezó la desaparición de los animales, tornándose luego en un pleito de linderos entre los dos ranchos. La maniobra para descargar el tractor comprado en la feria agrícola y ganadera del estado no duró más de lo que tardaba Sirenio en apearse del caballo. Los ojos de los pueblerinos no daban crédito a lo que veían. ---¡Qué gran cosa es el que sabe! Ahora sí, con Isidoro de patrón, vamos todos a jalar parejo y vamos a llegar muy lejos. ---¡Qué me dura la loma del Jehuite! Con esta araña mecánica, tierra va a hacer falta, y eso que hemos tenido que remudar bestias cuando ha sido necesario recorrerla toda. Tienes razón, Sirenio, a toda ley la escuela. Si no, mírame a mí que apenas conocí a la maestra Nieves que en un cuarto de la Presidencia nos enseñaba a dibujar las letras. Y de ahí le brinqué al arado. Lo demás, ya tú lo sabes. ---Desde ahora, todo va a ser diferente. Te lo digo yo, Simplicio. De mi cuenta corre que tus muchachos vayan a la escuela. Pero, eso sí, tú tienes que dejar de andarte escondiendo a la hora del trabajo. ¿Ya te has dado cuenta de las ganas que le está poniendo Isidoro al rancho? Como tú lo sabes bien, estas tierras de la familia Cornejo han estado olvidadas por años; así que, estando Isidoro al frente del rancho, vendrán mejores tiempos. Yo te lo aseguro. El tractor de 16 surcos, propiedad de Hacienda Cornejo, primero de los muchos que después llegarían al pueblo, vino a transformar la agricultura y la prosperidad de Piedra Verde. Isidoro Cornejo inició un negocio de maquinaria pesada, no sólo para el desarrollo de la agricultura, sino también para abrir caminos, contribuyendo así a que las comunicaciones del estado mejoraran rápidamente. La amistad de Román Zamudio con Isidoro Cornejo, al principio dio mucho de qué hablar en el pueblo; pero, poco a poco las cosas fueron cayendo por su propio peso. Hacía tiempo que los dos concuños habían acabado con los problemas de límites de tierras. Iniciando con la maquinaria pesada, en la que llegaron a asociarse, pronto lograron un emporio ganadero que se extendió más allá de la región a la que ellos pertenecían. El ganado de Piedra Verde había empezado a darse a conocer en los países con los que ya se habían establecido nexos comerciales. Una vez asentadas las dos familias en Piedra Verde, los hijos de Román Zamudio y los de Isidoro Cornejo fueron los primeros alumnos de la nueva escuela, con maestros traídos de la capital. En muy pocos años y al ritmo que la economía moderna lo iba exigiendo, Piedra Verde se había ido convirtiendo en una de las más prósperas regiones del país. ---Lo único que nos hace falta para la inauguración del Instituto Tecnológico de Piedra Verde, es la firma de la escritura, en la que se le da poder al patronato del instituto para operar legalmente ante cualquier eventualidad. Como lo hablamos, también queda bien asentado ahí el mecanismo para la obtención de becas. ---No
todo termina ahí, Román. Tenemos
que hacer entender a la gente que el trabajo que sigue es de ellos. Si realmente quieren salir del atraso en el que han vivido,
son ellos los que tienen que convencer a sus hijos para que se decidan a
estudiar en el instituto. De
otro modo, tendrán que condenarse a seguir detrás del arado, con la única
esperanza de que cada año vengan bien las lluvias de temporal.
|
|